Hubo un tiempo, no muy lejano, en que los dragones asolaban nuestras sierras cuando Extremadura era un bosque eterno de árboles sagrados.
En las afueras de la localidad de Cañamero, en plenas Villuercas extremeñas, se encuentra un abrigo rocoso en el que los lugareños han encendido hogueras desde hace miles de años. Allí, en las paredes, se pueden observar numerosas pinturas rupestres, seres antropomorfos pintados por nuestros más remotos antepasados y extraños signos ahora desconocidos.
Sin embargo, la pintura que más llama la atención no está dibujada, sino que es natural y se encuentra, destacada en rojo, en el centro mismo de la cueva. Es lo que parece ser un dragón, y tiene su leyenda. Una leyenda tan arraigada que da nombre a la cueva.

En 1916 el abate francés H. Breuil se encontraba por la zona buscando rastros rupestres cuando un pastor de Cañamero le cuenta porqué esa cueva recibe el nombre de la cueva de Álvarez o Cueva de la Chiquita.
Aquí los pastores han decidido resguardarse desde siempre con su ganado, como atestiguan las piedras ahumadas y los restos de cerramiento pétreo, como si el lugar protegiese no sólo de los elementos, sino también por la magia que se desprende.
Cuentan en la zona que un cabrerillo llamado Álvarez guardaba su ganado en esta cueva. Un día encuentra una culebrilla de las muchas que abundan en el cercano arroyo Ruecas, un animal tan pequeño que decide llamarla “Chiquita”, y comienza a criarla en la cueva con la leche de sus cabras. Pero pronto es llamado a «servir al rey» en el ejército.

Pasado el tiempo, el cabrero, ya licenciado, regresa a su cueva y llama a «Chiquita», que se ha convertido en lo que realmente era, un enorme dragón que acaba con el cabrero al no reconocerlo.
La visita al entorno, con leyenda o sin ella, es impresionante, y el lugar, al abrigo de los mensajes de color rojo que nos legaron nuestros antepasados y con el rumor del río a nuestros pies, es totalmente mágico.
Y es que la leyenda no acaba aquí. Porque el dragón, ya adulto, fue conocido en la zona como “El Bulto” y , según cuentan en Retamosa y en Roturas llegó a deslomar de un coletazo la sierra de Las Villuercas, a la altura del pueblo de Cabañas del Castillo.

Nadie osaba entrar en aquellos parajes, en siete leguas a la redonda por miedo a ser devorado, hasta que un forajido que huía de la justicia no tuvo más remedio que adentrarse en aquellos parajes. Tras deslumbrar al monstruo con una patena que había robado de la iglesia de Jaraicejo, consiguió dar muerte al inmenso reptil.
Con esta hazaña el forajido pasó de delincuente a héroe, y no sólo fue perdonado, sino que como premio a su gran hazaña recibió amplias tierras en propiedad y la potestad de erigir una fortaleza, la que luego se conocería como el castillo de Cabañas.
Lo cierto es que hace cientos años que los dragones no aparecen por esas tierras, pero su imagen ha quedado grabada para siempre no solo en nuestro subconsciente, sino también en las piedras de los santuarios rupestres de las intrincadas sierras villuerquinas.